
Los/as bebés se comunican mucho antes de dominar el lenguaje verbal. En los intercambios cotidianos con otras personas se combinan gestos, vocalizaciones, primeras palabras y acciones con objetos.
Ana Laguens desarrolló un estudio -en el marco de una beca doctoral del CONICET y del Doctorado en Psicología de la UNLP- que apuntó a conocer cómo se organizan y transforman estos recursos entre los 10 y los 20 meses de edad. Para ello, realizó un seguimiento longitudinal de 11 bebés y sus mamás en jardines de La Plata.
Se analizaron las interacciones considerando las herramientas comunicativas utilizadas, sus funciones, el desarrollo del vocabulario y los usos de objetos. Además de identificar tendencias comunes, el estudio reconstruyó las trayectorias de cada niño/a para comprender la diversidad de caminos que puede asumir el desarrollo comunicativo temprano.
Los resultados muestran que a medida que los/as niños/as crecen, los distintos recursos se reorganizan y se combinan: disminuyen las vocalizaciones aisladas, aumentan las combinaciones multimodales y los gestos simbólicos, crece el vocabulario y se complejizan los usos de los objetos.
El desarrollo comunicativo va más allá de una sucesión lineal de logros, sino que se constituye como un proceso dinámico y heterogéneo: no todos/as los/as niños/as siguen el mismo recorrido ni todas las dimensiones avanzan al mismo tiempo. Algunos muestran un importante crecimiento del vocabulario; en otros, los cambios más notorios aparecen en los gestos, en las combinaciones entre distintos recursos o en el uso simbólico de los objetos.
La comunicación se construye con otros y en situaciones concretas. Las intervenciones de las madres y los objetos compartidos participan en la organización de los intercambios, orientando la atención y generando oportunidades para construir significados conjuntamente.
En este sentido, mirar solamente cuántas palabras dice un bebé ofrece una imagen parcial de su desarrollo comunicativo. Para comprender cómo se comunica un bebé, es necesario mirar no solo cuántas palabras dice, sino también qué gestos hace, cómo vocaliza, sus acciones con los objetos y, sobre todo, cómo articula estos recursos en la interacción con otras personas.

